En el espejo de la prudencia

Amada Iglesia Metropolitana:

¡Qué la paz de nuestro Señor Jesucristo sea con cada uno de ustedes ahora y siempre!

Los pasados meses han resultado ser de muchos retos para todos en el mundo. El impacto del Covid-19 ha dejado una huella imborrable en la manera que se concibe la interacción social y las formas de hacer actividades de aglomeración de personas. Esto ha tenido una marca en todas las maneras de operación social en que estábamos acostumbrados que incluye la iglesia y sus diversas actividades.

Desde que comenzó la pandemia, hemos destacado que la iglesia nunca ha estado cerrada. Entendemos y creemos como tantas veces hemos predicado, que la iglesia no puede estar restringida a la proclamación del evangelio solamente en un edificio. Si ciertamente, el templo es un espacio especial que sirve de punto de encuentro para efectuar nuestras reuniones y afirmar las relaciones entre los feligreses y la comunidad, sabemos que la edificación no determina ni dicta la misión. La misión es de Dios. De ahí que se le conoce como el Missio Dei. Georg Vicedom la define así: la misión no puede ser nada menos que la continuación de la actividad redentora de Dios mediante la publicación de los hechos de salvación. Esta es su autoridad más grande y su comisión suprema. Además, la misión de Dios siempre es al mismo tiempo un llamado a decidir.

Vicedom añade que esa decisión está enmarcada en lo que es la missio ecclesiae que es la participación del pueblo de Dios en la Missio Dei. En ese caso, la iglesia como institución realiza su vocación divina al estar donde Cristo está y al hacer lo que él manda. La iglesia proclama la Palabra verbalmente y por hechos. Toma su cruz, se identifica con el pueblo, intercede por él, y representa el perdón de Dios al vivir su paz y su justicia.

La iglesia es el pueblo de Dios que desde sus diversas localidades vive y proclama la buena noticia del evangelio. En el caso de nuestra congregación, lo hemos hecho de diversas maneras a través de visitas a hermanos de la iglesia, asistencia a nuestra égida Casa Metropolitana, entregas de alimentos, llamadas de contacto y la elaboración de un tránsito en los terrenos virtuales con nuestra página de internet (www.icdcmetro.com), las redes sociales, vídeos, y muchas otras maneras de estar conectados.

De manera simultánea, hemos desarrollado diversos grupos de trabajo para atender la emergencia que vivimos y acoger de una manera prudente las acciones pertinentes ante la información que vamos recopilando de expertos en el tema de la salud y lo que sucede en Puerto Rico. Hemos designado grupos de trabajo con la intención de discernir de que manera actuar para una reapertura del templo y una reinvención de las actividades comunitarias. Todo esto, acompañado de oración, reflexión, consultas y diálogos.

Como resultado de ello, hicimos la inversión necesaria en nuestro templo para garantizar la seguridad de todos y prevenir cualquier foco de contagio en el momento de la reapertura. Redistribuimos el espacio físico y nos organizamos para el acomodo de los asistentes. Con alegría anunciamos una reapertura para el 16 de agosto de 2020 con una planificación de logística para quienes visitaran al templo.

No obstante, el incremento de contagios en el pasado mes de julio y el inicio de este mes de agosto nos ha llevado a retomar la conversación. Hemos conversado con el liderato de la ICDC en Puerto Rico, expertos en temas de salud y enfermedades contagiosas, otros pastores de iglesias hermanas de otras denominaciones y consultado una diversidad de artículos escritos con diversidad de puntos de vista sobre el tema.

Sabemos que no hay restricciones del gobierno para reunirnos. Sin embargo, tal como leemos en el texto bíblico: “Se dice: «Yo soy libre de hacer lo que quiera.» Es cierto, pero no todo conviene. Sí, yo soy libre de hacer lo que quiera, pero no debo dejar que nada me domine (1 Corintios 6:12, DHH). Entendemos que por que algo sea legal, no necesariamente es correcto o mas bien, prudente. Lo que hagamos debe ser realizado con el nivel mas profundo de prudencia que glorifique a Dios y muestre amor por nuestro prójimo. Creemos como escribió el proverbista: “El prudente ve el peligro y se protege; el imprudente sigue adelante y sufre las consecuencias” (Proverbios 27:12, DHH).

 Hemos considerado las siguientes preguntas:

1.   ¿Cómo ejercemos la prudencia en cómo nos reunimos?

2.   ¿Estamos valorando a otros por encima de nosotros?

3.   ¿De qué manera Dios puede usar la pandemia para exponer la condición espiritual de la iglesia?

En primer lugar, la prudencia la basamos en como vemos el presente que se torna en el pasado y sale a relucir en el futuro. Desde la prudencia vemos los datos que ofrecen los profesionales del campo de la salud y como estos siguen en incremento y el riesgo que ofrecen en lugares cerrados con poca o ninguna ventilación natural.  En ese caso: ¿Es prudente reunirnos en el templo ante un incremento ascendente de casos en el país?

En segundo lugar, valoramos la población adulta mayor significativa de nuestra congregación y el crecimiento de sustancial de niños que hemos visto en el pasado año en nuestra feligresía. Sabemos que la población adulta mayor es la de mayor complejidad en caso de un contagio y los niños los de mayor foco de propagación en caso de estar contagiados. Además, que difícil es no proveer un espacio seguro para estas poblaciones que tanto amamos en nuestra comunidad de fe. En este caso: ¿Le damos valor a estas amadas generaciones sin garantizarles un espacio seguro?

En tercer lugar, creemos la pandemia nos presenta una oportunidad de fortalecer nuestra vocación de ser y hacer discípulos ante la dificultad de estar reunidos en un mismo edificio. La distancia no cancela el compromiso de mantenernos conectados y hacer discípulos de Jesús. Ahí nos corresponde pensar: ¿Qué manera tenemos para fortalecer nuestra relación con Dios y los demás en medio de la pandemia? ¿Cómo efectuamos la misión de Dios en lo que es la misión de la iglesia?

Cada una de estas premisas las hemos conversado, revisado y sobretodo presentado en oración. Es un ejercicio de mucha reflexión y discernimiento que nos lleva a ejercer la fe desde la prudencia y el entendimiento. Ante ello, hemos decidido posponer hasta nuevo aviso la reapertura de las reuniones presenciales en nuestro templo hasta que entendamos que las condiciones sean adecuadas para reunirnos físicamente.

Sabemos que ha sido una decisión delicada. De ninguna manera, intenta antagonizar con las congregaciones que han decidido diferente.  Afirmamos nuestro lema denominacional: en lo esencial unidad, en lo no esencial, tolerancia y en todo, amor. Procuramos la unidad de la iglesia como Cuerpo de Cristo en medio de la diversidad de opiniones en el tránsito del amor. Respetamos a cada congregación en como maneja esta situación.

A pesar de que ha sido una decisión difícil y que prolonga el que no nos podamos reunir en el mismo lugar por el momento, no cancela nuestro entusiasmo por desarrollar nuevas avenidas de encuentro y alcance en la iglesia. Seguiremos fortaleciendo nuestra programación virtual y optimizando las alternativas que hemos desarrollado en este tiempo de distanciamiento físico. Estamos a la expectativa de lo que seguirá siendo el nacimiento de un proyecto virtual extraordinario que tenga como norte el alcance y formación de las vidas con el mensaje de lo que Cristo ha hecho y sigue haciendo en nuestra vida.

Hemos elaborado el proyecto de las 4 C que estriba en: contactar, conectar, cuidar y comprometer a todos con la gran comisión. Desde cada hogar y punto de conexión habrá un vínculo que enlace a cada persona para presentar la luz de Cristo. Lo haremos comprometidos con la misión del evangelio y el compromiso hacer discípulos.

Ya llegará el momento de reencontrarnos en el templo y adorar en comunidad. Por el momento, sigamos amando, discipulando y sirviendo a los demás con el amor de Cristo. Seamos luz en medio de la penumbra que vive nuestra Isla. Que cada hogar nuestro sea lumbrera que ilumine nuestras comunidades y destelle la esperanza de Cristo para todos.

Con amor y cariño,

Rev. Eliezer Ronda Pagán

Pastor