Christopher Villafañe

Saquemos el regalo de amor de la gaveta de la incomprensión

¿Alguna vez te han hecho un regalo? A mí sí. Creo que podemos coincidir en que a la mayoría de las personas les gusta recibir un obsequio en algún momento. Y en esto de recibir regalos se da de todo. Recibimos detalles que van de acuerdo a nuestros gustos o necesidades y otras veces no. Confesémonos: ¿alguna vez hemos ‘pasao’ ‘palante’ o guardado un regalo que nos han hecho porque no nos gusta? ¿No nos sirve? O, ¿no lo entendemos? Quiero pensar en esta última pregunta.

No sé si alguna vez te han regalado algo que no sabes cómo usarlo porque no lo entiendes. Quizás lo tengas guardado todavía. Personalmente, no soy ‘fan’ de las instrucciones que no están bien detalladas. Usualmente me rindo si no lo entiendo y engaveto el regalo. Que conste estos han sido los menos.

Por muchos años viví con el regalo del amor de Dios engavetado pues no podía comprenderlo. ¿Cómo entender que Dios me ama ilimitadamente? Que Dios me amó aun yo siendo un pecador? Que no puedo hacer nada bueno o nada malo para que Dios me ame más o menos. Que no hay nada que haga que pueda asombrar a Dios y moverlo a amarme más. Estas afirmaciones chocaban con lo que había escuchado y aprendido. Es una cultura que me había enseñado que para recibir algo necesitaba dar algo. Que para recibir amor tenía que probarme digno de ello. Donde se premian los logros y se penalizan los errores. Que si flaqueaba en mi fe se me removía este regalo. Viviendo siempre con el miedo de que me quitaran el regalo más preciado y a su vez sobre esforzándome para sentirme aprobado por Dios.

Estar en ese juego de que me entregaban el regalo si me porto bien y me lo quitan si me porto mal como si el amor de Dios fuera un refuerzo o castigo.

Llegar a la conclusión de que nada me puede separar del amor de Dios necesitó que leyera bien las instrucciones. Que pasara tiempo suficiente sobre cómo entender la naturaleza y esencia del corazón de Dios.

Pero era un regalo que no quería perder. Comprendí que la gracia de Dios es para todos. Y que como dice Romanos 5:38: “Dios prueba que nos ama, en que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”. Dios nos amó sin merecer su amor.

Ahora tengo claro que no tengo que vivir haciendo cosas para recibir el amor de Dios. Sé que vivo sirviendo a Dios, buscando a Dios, estando con Dios, por su amor por mí. El pastor Kyle Idleman dice: -“El uso correcto de una preposición me permitió ser libre del miedo. Libre en el amor de Dios. Ahora vivo por el amor de Dios no para el amor de Dios”. Les invito a que saquemos el regalo del amor de Dios de la gaveta de la incomprensión.

 Christopher Villafañe

Sin omisión

Sin omisión

A las 5:30 a.m., salíamos de nuestra casa en Morovis hacia Manatí. Allí mi mamá nos dejaba con mis tíos para que nos llevarán a la escuela. Así ella podía llegar a su trabajo a las 7:00 a.m. de donde saldría a las 5:00  a 6:00 p.m. Era madre soltera. Trabajaba 10 horas diarias “pa”  sacarnos      “palante”. Pero aunque esto era importante (proveer sustento a nuestro hogar),  los 30 minutos que pasábamos con ella en el carro en las mañanas y las tardes, eran mucho más valiosos para nosotros.

 

¡Llegaremos!

¡Llegaremos!

Muchas de las cosas que queremos ver solo se ven cuando se llega a la cima de la montaña. Luego del esfuerzo y el cansancio. Luego del esmero y la perseverancia. Muchos creyentes están esperando ver al pie de la montaña lo que solo se ve desde la cima. Usualmente nos cansamos de nada más mirarla. Otros nos quitamos a mitad de camino porque el dolor es muy fuerte y no nos sentimos capaces. Otros logran ver lo que tanto le prometieron.

 

Su gracia nos limpia

En una ocasión echamos a lavar una de mis camisas favoritas con un montón de ropa de colores distintos. Al secarla y ponerla en el gancho, me di cuenta de que ya no era solo verde claro, sino que tenía manchas rositas por todos los lados. Pasó de ser mi camisa favorita a mi camisa manchada.

No tuvimos en cuenta que esta camisa no debía de lavarse con otros colores que fueran muy oscuros, como un traje “fushia y todo lo demás que pusimos en la lavadora. El verde era tan clarito que debimos lavarla con la ropa blanca y no usar blanqueador. No pude volver a usar la camisa, porque no encontramos nada que pudiera devolverle su color original.

Pensaba que en muchas ocasiones en nuestra vida espiritual pueden suceder cosas similares a estas. A veces entramos en lugares, relaciones, o pensamientos cíclicos en donde nos mezclaremos con colores que pueden dañar nuestras vestiduras. A veces podemos pensar que nos está haciendo bien sin darnos cuenta que nuestra vestimenta ha sido trastocada.

Los creyentes en Cristo sabemos que nuestras vidas pueden ser completamente lavadas en con el agua de su Palabra. Sin embargo, en muchas ocasiones podemos equivocarnos e intentar lavarnos con cosas que en realidad nos manchan.

Mi camisa no tuvo remedio. Pero aquellos que creemos en Jesús, no importando en qué estado estén nuestras vestiduras en este momento, tenemos la esperanza de no seguir manchados si nos arrepentimos. Porque no hay nada tan sucio o manchado que Jesús no haga digno. Su misericordia y gracia nos limpian.

"Purifícame con hisopo, y seré limpio; Lávame, y seré más blanco que la nieve". 

(Salmo 51:7) 

Dios les bendiga,

Christopher Villafañe Villalobos

Ropa limpia.jpg