SEMANA #4: MAYORDOMÍA

Día 19:  De Niños y Reyes

30 de septiembre de 2019

 La niñez es una etapa normal del proceso de crecimiento.  Un niño, tarde o temprano, aprende el significado de la palabra “mío”.

Gina está rodeada de decenas de amigos y familiares en su cumpleaños número 2.  Cada invitado habia llegado con un regalo envuelto con un colorido papel de regalo.  Cuando su madre sentó a Gina entre todos los regalos, la alegría de la pequeña niña era evidente.  Con la ayuda de mamá abrió regalo tras regalo y lo apretaba contra su pecho, en un aparentemente intento de evitar que alguien se lo pudiera quitar; y repetía “¡Mío!” una y otra vez.

Andrés se retiraba a su cuarto cuando sus primos venían a visitar.  Cerraba la puerta y rehusaba jugar con ellos.  Cuando su padre se allegó al cuarto, el niño comenzó a llorar.  Eventualmente la causa de su molestia fue revelada.  Él no quería que sus primos jugaran con sus juguetes.  “¡Mío!” decía.

Cuando los padres de María decidieron que era tiempo de reemplazar su pequeña camita por una para una niña más grande, María sufrió una crisis emocional.  Con una gran rabieta le apuntó a la cama gritando “¡MÍO!”.  Apuntó a sus juguetes y gritando decía “¡MÍO!”, apuntó al piso y a las paredes de su cuarto y gritaba “¡MÍO!”.

Por supuesto, Gina, Andrés y María son niños.  Aún están aprendiendo.  Pero sus actitudes no son tan infantiles como podríamos pensar; humanas sí, pero no infantiles.

 Cuando Dios creó al primer humano, “puso al hombre en el jardín de Edén para que se ocupara de él y lo custodiara”  (Génesis 2:15, NTV). El jardín no le pertenecía al hombre.  Solo era el administrador de sus muchas maravillas.

Cuando Dios preparó a Su pueblo Israel para que entrara y ocupara la Tierra Prometida, les dijo: “La tierra no debe venderse a perpetuidad, porque la tierra es mía. Tú solamente eres un extranjero y un arrendatario que trabaja para mí. Con cada compra de tierra tienes que concederle al vendedor el derecho de volver a comprarla” (Levítico, 23:24-25, NTV).

Cuando el rey Nabucodonosor, un gobernante pagano, miraba por la ventana de su palacio en Babilonia y admiraba toda la belleza y majestuosidad de su ciudad capital, dijo y mientras contemplaba la ciudad, dijo: “¡Miren esta grandiosa ciudad de Babilonia! Edifiqué esta hermosa ciudad con mi gran poder para que fuera mi residencia real a fin de desplegar mi esplendor majestuoso” (Daniel 4:30, NTV).

Antes que las palabras hubieran terminado de salir de su boca, Dios envió juicio sobre el rey.  Nabucodonosor se volvió como un animal salvaje, comiendo grama y dejando su cabello y sus uñas crecer.  Al cabo de siete años recobró la cordura y sus sentidos y reconoció el dominio de Dios, no el suyo propio, diciendo “Cuando se cumplió el tiempo, yo, Nabucodonosor, levanté los ojos al cielo. Recuperé la razón, alabé y adoré al Altísimo y di honra a aquel que vive para siempre. Su dominio es perpetuo, y eterno es su reino.” (Daniel 4:34, NTV).

 Estamos propensos a cometer el mismo error de Nabucodonosor. Nosotros los humanos tendemos a pensar que somos dueños, cuando Dios repetidamente ha dejado claro que somos administradores.

La Biblia dice, “La tierra es del Señor y todo lo que hay en ella; el mundo y todos sus habitantes le pertenecen” (Salmos 24:1, NTV).   Todo lo que poseemos proviene de Él. “Acuérdate del Señor tu Dios. Él es quien te da las fuerzas para obtener riquezas”. (Deuteronomio 8:18, NTV).  Cualquier riqueza o comodidad que disfrutamos nos pertenece en la misma medida que la camita le pertencía a aquella niña.  No es sino una percepción equivocada.  ¡No importa cuán fuerte grite “MÍO!”, ella no compró el artículo en cuestión y no puede quedárselo sin la aprobación de sus padres.

Lo mismo ocurre con todo lo que poseemos y disfrutamos.  Nuestras vidas, nuestras casas y todas nuestras “cosas” son una dádiva de Dios, el mismo Dios que nos compró con la sangre de su hijo Jesucristo.

Él es el dueño de todo.  ¡No importa cuán fuerte gritemos “MÍO!”.